Las bodas reales han sido un eficaz instrumento político y diplomático a lo largo de la Historia. Aunque el acontecimiento fue eclipsado por los fastos de la ceremonia, la boda real de los Windsor, del príncipe Harry con Meghan Markle es una positiva respuesta al enorme desafío que enfrentará Gran Bretaña a partir del año próximo: su separación definitiva de la Unión Europea (UE).

Ese divorcio previsto para el 19 de marzo de 2019, que se popularizó con el acrónimo de Brexit, necesitará movilizar todos los recursos que quedan del viejo imperio británico. Uno de los más importantes es, sin duda, el Commonwealth (Mancomunidad Británica de Naciones).

Las bodas reales siguen siendo instrumentos de alta política y hoy en día de eficaz propaganda. Incluso la del príncipe Harry con Meghan Markle, por más empeño que hayan puesto los tortolitos -con el resignado consentimiento de una irreconocible Isabel II- en que lo suyo no fuera una boda de Estado.

Y de todas las lecturas que caben del gran acontecimiento de este sábado, más allá del almíbar y el cuento, hay una especialmente amarga en este lado del Canal de la Mancha: la de Harry y Meghan ha sido la boda real del ‘Brexit’.

Era necesario estar en Gran Bretaña para comprender hasta qué punto la llegada de una mestiza a la familia real creó un inimaginable fervor entre los 2419 millones de personas que integran esa comunidad política y -sobre todo- económica de 53 países independientes, territorios, colonias y dependencias ubicados en su mayor parte en África, Asia y las Antillas. Más de 60% de esos habitantes tienen menos de 30 años.

Por eso es que, al margen de sus aspectos frívolos, este casamiento no convencional tiene también una dimensión política de primera magnitud. “Olvidemos por un momento el aspecto ‘Walt Disney’ de la boda. Aquí, lo más importante es el shock psicológico que representará para este país la llegada de un miembro birracial al seno de la familia real británica. Es un hecho casi tan importante como lo fue la elección de Barack Obama para Estados Unidos. Sin contar con el peso que esto tendrá a lo largo y ancho del Commonwealth”, confirma el analista real Nicholas Witchell.

Deliberado por parte de los estrategas de Buckingham o mera casualidad, el caso es que los Windsor nos han asestado un puntapié a los europeos no británicos. Para empezar, con la incomprensible decisión de la familia real británica de no cursar invitación al resto de las dinastías, en especial a las europeas con las que comparten tantos lazos de parentesco, la reina Isabel II y su prole han simbolizado más aislamiento e insularidad que nunca.

Si a ello le añadimos que la boda real sí ha estado plagada de guiños a Estados Unidos, patria de la novia -siempre tan atentos a la relación especial Londres-Washington-, y, cómo no, a la Commonwealth, que en el imaginario colectivo británico mantiene hoy viva la memoria del Imperio, es lícito pensar que la organización ha corrido a cargo de brexiters convencidos.

En el momento de dar el “sí”, Harry y Meghan -flamantes duques de Sussex- sin duda no pensaron en los tremendos desafíos que estaban en juego detrás de su boda. Pero ese detalle seguramente no le pasó inadvertido a la reina Isabel II, inflexible guardiana del imperio desde hace 67 años.

Noticia con información de: www.elmundo.es, www.lanacion.com.ar